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Hoy es 2 de enero de 2022. Cuánto 2. Aunque para mi mujer no es suficiente, y por ello quiere que nuestra hija (sí, exacto, nuestra hija, ahora lo explico) nazca el 2-2-2022. Yo le digo que no me termina de gustar del todo la fecha que ella propone. Me encanta el mes de febrero, de hecho, me gusta más que el de enero, pero yo preferiría que naciese el día 1-2-2022, porque eso significaría que nacería justo un año después del día en el que le extrajeron los óvulos a mi mujer y se produjo la fecundación. Recuerdo cuando este mismo razonamiento se lo dije al abuelo, y él, ejerciendo la paz, serenidad y bondad que le caracteriza y que le sale a borbotones por cada poro de su piel, por su pelo blanco y a veces despeinado, por esos ojos de un azul cálido que son solo suyos, y por esas manos grandes, marcadas y ajadas que son mi debilidad, me dijo: 

      ­­Ja ja ja, hija, tú siempre tan soñadora – .

Me regaló un adjetivo con el que nunca antes me habían obsequiado. Todo lo contrario, a lo largo de mis 31 años me han golpeado con: irreal, exagerada, peliculera, mentirosa, fantasiosa, … De repente en esa lluvia continua de adjetivos que me han empapado durante toda mi vida, que me hacen ir calada de cabeza a pies, él dijo “soñadora”, y mientras lo decía alzaba sus bellas manos y apartaba con suavidad la nube de lluvia que estaba encima de mí, dejando paso a un sol radiante que me secaba y deshumedecía todo mi cuerpo. Ahora soy como la colada que lleva tendida unas horas, no es que esté seca del todo, pero voy camino de ello. Ahora ya sé quién me deja ser luz. 

 

Vuelvo al tema de nuestra hija. Mi relato acabó, en diciembre de 2020, con que intentaríamos la fecundación in vitro para poder ser madres. Así fue, lo intentamos y gracias a la ciencia y a los biólogos (utilizo masculino como neutro) obtuvimos el embarazo. De repente, el año 2021 se me llenó de numerosas fechas a recordar: 1 de febrero día de la extracción de óvulos y la fecundación; 20 de febrero mi 31 cumpleaños; 5 de mayo aniversario de El Amor; 7 de mayo día de la transferencia; 19 de mayo día en que supimos que mi mujer estaba embarazada; 27 de mayo día del 32 cumpleaños de mi mujer; 4 de septiembre día en que noté a mi hija por primera vez; 23 de noviembre día en que creí que mi hija nacería; 22 de diciembre día en el que también creí posible (aunque con menor seguridad) que naciese mi hija. Hay muchísimos más días del 2021 clavados por todo mi cuerpo, días íntimos y de una pureza extraordinaria que me han regalado mi mujer, mi hija y Poleoque por supuesto no voy a desvelar. Haría infeliz a cualquier ser humano si le descubro ésta, nuestra realidad. Pobres todos por no tener esta fortuna que ninguno es capaz de soñar.

El nuestro no ha sido un embarazo fácil. Sé que muchos de vosotros no lo recordaréis, pero seguimos en una pandemia mundial, que nos ha puesto numerosas trabas a nuestra paz y tranquilidad, de por sí ya mermada por los sustos típicos de un embarazo. Esta pandemia nos ha privado de tanto, que me da mucha pereza recordar y comenzarlo a listar. Ahora solo pienso en que estamos a escasas 3 semanas de la fecha probable de parto, aunque el embarazo, hoy día 2 de enero, ha llegado ya a término. Hoy es un día bonito, es una meta alcanzada, es un día de esperanza. Hoy nos hemos despertado mi mujer y yo hace cosa de una hora, hemos sacado a pasear a pichirris, y hemos empezado a desayunar cuando mi mujer me ha dicho:

      Nena, me duele un poco el cuerpo y sigo con el dolor de garganta de hace dos días.

      Oh cariño, no es nada, será por lo que nos han explicado sobre cómo tu cuerpo se prepara para el parto. ¿Dónde te duele exactamente? –. le pregunté.

      Pues en la cadera, la pelvis y las piernas. Pero no sé, tengo malestar en todo el cuerpo. Yo creo que me voy a hacer otro test de antígenos –. me dijo tanteándome.

      Vale amor, pero te va a dar negativo como antes de ayer –. le dije en forma de súplica, que esperaba se entendiese como seguridad. – El dolor de garganta es por el frío que cogiste el otro día paseando a pichiquis.

Hemos terminado el desayuno, que es nuestra comida favorita del día, y mi mujer se ha hecho el test. Bueno, se lo he hecho yo, como siempre. Lo acabo de dejar encima de la mesa, y me he venido con ella al sofá, a llenarnos de abrazos, besos, de realidad. Pasan 12 minutos. Me levanto para echarle un ojo y veo que es positivo. Alucino. Flipo. 

      Positivo – le digo.

      ¡No me jodas! – me dice.

      Ja ja ja, no puede ser… – lo niego.

      Pero… –. mi mujer empieza a llorar. Se me parte el alma, la furia comienza a entrar.

      Mi amor, tranquila. Puf…. Es muy fuerte. ¡Qué injusto, joder! –. estoy sorprendida, ahora me entra el odio.

      Madre mía… – sigue llorando, no se lo cree.

En ese momento empieza a rugir el suelo, y pienso fugazmente en nuestro casero. ¿Qué más se va a romper en esta casa? ¿Qué innumerables arreglos debe hacerle para que sea una casa decente? ¿Llegará algún día en la que sienta como hogar? El suelo se rompe y comienza a levantarse un muro, justo entre mi mujer y yo. Antes de dejar de vernos y oírnos por el muro que nos comienza a separar, le grito palabras de consuelo, de cercanía y le miento al decirle que todo está bien y que no notaremos la distancia en estos días de obligada separación. Ella me ha oído, y como siempre mis palabras son bálsamo, se tranquiliza y deja de llorar.

      –Ay, no sé que tenemos que hacer, me he quedado bloqueada –. le miento y me miento. Nunca me quedo bloqueada. Siempre sé cómo actuar.

Voy a por mascarillas, abro las ventanas, con mis propias manos y sin esfuerzo ninguno derribo el muro, hago las llamadas pertinentes para notificar el positivo de mi mujer (positivo que desde esta comunidad autónoma de la libertad y el autocuidado, no se tendrá en cuenta para así mentir sobre las estadísticas) y llamo a mis padres para que puedan recoger a firuláis, ya que ahora confinadas no podremos sacarle a pasear.

Pienso en pichiflín, en que no estábamos preparadas para separarnos ya de él. Quiero que me siga oliendo y lamiendo, quiero su olor en nuestra casa, quiero seguir viendo como le acaricia mi mujer, le quiero a él. Quiero lo que me da y quién me hace ser. 

 

Ya se ha roto nuestra familia, se ha ido flus.  Han pasado 5 horas desde que hemos sabido que mi mujer estaba contagiada. Me encanta el número 5. ¿Mi hija podría nacer el 5 de febrero? El 5 de enero no por favor, es demasiado pronto, mi mujer seguiría contagiada y aunque yo he dado negativo en el test de antígenos, es evidente que tengo (o en breve tendré) el virus como ella. Esto todavía no lo sé, pero en los próximos días habrá personas que traten de animarme diciéndome que a lo mejor yo no me contagio, que no tiene por qué. Lo que ellos no saben es que esas palabras no me consuelan, y que en el hecho de saberme contagiada, no veo ningún trauma. Veo lógica, veo biología y veo objetividad. ¿Por qué la gente se empeña en verme débil? ¿Por qué no soportan mi sensibilidad infinita? ¿En qué les daña esta sensibilidad? ¿Por qué temen la valentía que yo tengo al saber expresar mis emociones y soltar cargas? ¿Por qué tienen miedo a la belleza y a la verdad? Nunca he entendido por qué (además de la retahíla de adjetivos sobre lo soñadora que soy), me han llamado: débil; floja; sensible; hipersensible; blanda; llorona; … Si todo ello define y explica mi poderío, mi valentía y mi fortaleza. Si la mayoría de ellos no han escrito ni defendido su tesis doctoral tras haber sufrido acoso sexual; si la mayoría de ellos no saben hacer música; si la mayoría de ellos a sus 31 años no eran ni son lo que yo soy; si ninguno de ellos está casado con mi mujer. Está claro que no me conocen. Oigo a mi mujer llorar y dejo de escribir. Ella está en la otra punta del sofá.

      Mi vida, ¿qué pasa, cariño? – le pregunto.

      Nada… –. Con ese “nada” me pide mimos, como tantas veces.

      ¿Quieres que lloremos un ratito juntas? – le pregunto, como tantas otras veces.

      Sí… – Y suelta, se libera, le sale la carga de la tremenda injusticia que la sociedad ha tenido con ella por esos ojos marrones preciosos, la nariz se le empapa, y los labios se le secan. Solo veo sus ojos, el resto no puedo verlo tras la mascarilla, pero tengo grabado a fuego este protocolo que tanto repetimos y del que nadie tiene ni idea.

Efectivamente, nadie tiene ni idea. Antes decía que no me conocen, pero tampoco conocen a mi mujer. No nos conocen. No quieren saber que ella llora (¿a caso había dudas?), no quieren saber que yo sostengo (¿a caso había alguna duda?). No quieren saber que ella duda y que yo afirmo. No quieren ver su sensibilidad, no quieren ver mi fortaleza. Esta sociedad no nos ve, no cuenta con nosotras, no le interesa quiénes somos. Esta sociedad nos define en base a las pinceladas desvirtuadas que dibujan sobre nosotras, todas falsas y equivocadas. Todas agrandadas, tergiversadas y distorsionadas. ¿Por qué nos etiquetan? ¿Qué saben de mí que yo no sé? ¿Cómo saben de mí más que yo misma? Si hoy me he sorprendido, de nuevo, a mí misma, conociéndome un poco más. Hoy he aprendido algo nuevo de mí y también de mi mujer, ¿y se supone que esto ya lo sabían? Imposible. Sociedad mentirosa. 

Pensaba que mi camino a mí había llegado a su fin, que ya había llegado a mí y que ese “mí” era una meta estática, fija. Pero no, yo me estoy moviendo continuamente, avanzando, caminando, y nunca llegaré a mí misma. O si alguna vez llego o he llegado, me volveré a mover, y tendré que volver a alcanzarme. No se trata de caminar hasta mí, sino de caminar conmigo. ¿Hacía dónde? Pues esto todavía no lo sé, tengo que averiguarlo. Lo que me ha quedado claro hoy es que no hay meta, solo hay camino. 

Y este camino es, sin duda, fascinante. En mi camino hacia ninguna parte voy acompañada de mí misma, de Poleo, de mi mujer y dentro de poco de mi hija, la persona que me brindará una nueva fortuna: el sueño de poder llamar mamá a mi diosa.